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Somos canciones: I parte
La música es el lenguaje universal y tras cada melodía se esconde una inspiración
La música. Ese maravilloso lenguaje conocido por todos que nos conecta con cualquier ser, por muy distinto que sea de nosotros. Este arte ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad, comenzando en el paleolítico de donde datan los primeros tambores y flautas, pasando por la Edad Media y hasta la época en la que estamos.
El punto de inflexión llegó en el siglo XVIII cuando, influenciada por la revolución industrial y la globalización, la música experimentó un cambio drástico. A partir de entonces, y ejerciendo de reflejo fiel de cada realidad, surgieron nuevos géneros que persisten en todo su esplendor a día de hoy como el jazz, blues y el rock.
Las nuevas tecnologías, como no puede ser de otro modo, han jugado un papel estratégico ofreciendo nuevos sonidos y estilos como la electrónica. Los sintetizadores dejaron grandiosas perlas artísticas en los ochenta y noventa que, hoy en día, se consagran como himnos.

La música… ¿Alguien es capaz de imaginar su vida sin ella? Yo, desde luego, no. Partiremos de la base de que escucho música desde que era una enana. En aquella época, me tragaba las preferencias de mis hermanas (tengo dos hermanas diez y ocho años mayores que yo), sobre todo de la mediana. Duran Duran, Roxette o mis adorados Depeche Mode. Culpo a mi hermana de la devoción que siento por estos dioses de la música electrónica y darkwave (en otra entrada hablaré de ellos largo y tendido)
Puedo afirmar y afirmo que la feria de mi pueblo, esa que montaban cada año coincidiendo con una festiva local (el día de la Santa Faz) fue mi primera discoteca. Una rave en toda regla en la que sonaban los títulos del momento y que daban vida a las atracciones mal montadas que ponían, a su vez la osadía de unos niños tan temerarios como ingenuos.
Conforme iba creciendo, me fui decantando por otros grupos de moda. Los Backstreet Boys y las Spice Girls fueron, durante buena parte de mi juventud, mi obsesión; y luego llegó Britney. Mrs. Spears me enseñó a bailar, dado que no me perdía ningún programa de “Música sí” los sábados por la mañana. Quería imitarla en todo, soñar con el príncipe azul y convertirme en la guay del instituto. Y es que la música de Britney evolucionó como ella misma, abandonando la candidez para apostar por un estilo muy sexual (y desfasado, en algunos momentos)
Y volviendo a los grupos de mi etapa infantil, cada fin de semana me disfrazaba de Melanie C junto a mis amigas, que también se metían en la piel de una spice girl distinta, para hacer las coreo y cantar sus canciones. Rebeldía y empoderamiento femenino-infantil; eso era lo que nos reportaban estas cinco chicas que luego fueron cuatro y después ya no fueron.
Los que sí resistieron fueron los Backstreet boys. En sus comienzos, me flipaba el empalago del cual abusaban en sus canciones. Tanto empacho de sentimientos, perfección y fidelidad me obligaban a soñar con convertirme en objeto de semejante devoción para alguien, en algún momento de mi existencia. Los Back me gustaban mucho, ¡muchísimo! hasta el punto de dormir una semana en la calle, haciendo cola, para ser de las primeras en su concierto de Barcelona de su gira más aclamada: Millennium.

Ellos siguen sonando en mi playlist. Me siguen molando, pero ya nada es como antes. Pese a que han madurado y sus letras, por tanto, ya no destilan tanta sensiblería irreal, el éxtasis que despertaban en mí ya pasó. Tuvo su momento con trece, catorce, quince, dieciséis años… Pero ya yo.
Ya no me creo cuando me dicen que «yo nunca te haré llorar» porque eso no hay nadie capaz de cumplirlo. Así que, como ellos, yo también maduré dejando atrás la búsqueda del príncipe azul (ese que, por cierto sí me hizo llorar, y mucho) para abrazar la cruda realidad. Pese a todo, reconozco que algunas de sus canciones de sus últimas etapas como Incomplete o No place me erizan la piel cada vez que las escucho.
Reconozco que me encanta la música y no puedo vivir sin ella. Lo hago todo enchufada a unos auriculares o con el altavoz vomitando decibelios. Tengo una melodía para cada momento de mi existencia y diferentes preferencias según mi estado de ánimo. No hay momento o persona que carezca de un sonido armónico y melodioso en mi cabeza. Sí, para mí el mundo no es mudo, sino que tiene mucho ritmo (al igual que todo lo que lo compone)
Por tanto, si todo lo hago con música… ¿también escribir? AFIRMATIVO. Hay quién afirma que es incapaz de crear voces nuevas con otras en su cabeza. Y yo digo… ¡depende de las voces! Lo es si son las adecuadas. Mis dos novelas publicadas hasta la fecha (Las Damas Oscuras y el Palacio de Terciopelo; Las Damas Oscuras II: la sombra de Magalí) han salido de mis entrañas y de las voces que, desde la música, me han acompañado en todo el proceso.

Han sido muchos artistas y estilos los que han contribuido a la causa, pero existen dos que se atribuyen casi todo el mérito:
- Enigma: este grupo nació en los noventa y se popularizó por fusionar la música electrónica con otros estilos, así como por emplear voces en lenguas como el latín o el sánscrito. El cántico gregoriano estaba muy presente en sus melodías, cuyas letras derrochaban erotismo. Su primer álbum vendió más de 15 millones de copias en todo mundo.
- Depeche Mode: regresé a mis orígenes (musicalmente hablando), a aquellos momentos en que la pureza de una niña persistía intacta. Sin embargo, yo ya no soy ni niña ni pura. Por eso, logré entender las letras de estos genios de la música electrónica, empatizando con sus significados y asumiendo sus mensajes.
La sensualidad de Enigma y el dolor y la oscuridad de Depeche Mode calaron en mis personajes y han sido la fuente de inspiración en mi proceso de creación literaria. Cada uno de los activos de Las Damas Oscuras está atado a una canción porque representa su esencia y evidencia lo que, al mismo tiempo, soy yo.